Los próximos desafíos en microbiología

De modo similar a las personas cuando diseñan proyectos para el año nuevo, la investigación científica también revisa y balances periódicos de sus logros, planificando los retos pendientes que debe afrontar en el inmediato futuro. Dentro del campo de la Microbiología, resumiré por razones de espacio algunas cuestiones que debe afrontar, mientras otras están ya en pleno desarrollo.

A raíz del sorprendente descubrimiento de que nuestro cuerpo contiene más células microbianas (1014) que células humanas propias (1013) ), el estudio del microbioma se ha convertido en un objetivo científico central. Este “Microbioma” (conjunto de nuestra comunidad microbiana), posee una individualidad exclusiva y resulta esencial en el metabolismo y la fisiología humanas. Además de intervenir en la digestión, sintetiza ciertas vitaminas y factores esenciales, degrada polímeros complejos o configura regiones anaerobias (sin oxígeno). La simbiosis equilibrada del microbioma con nuestra biología es garantía de salud, mientras sus alteraciones provocan patologías de distinta gravedad, desde la obesidad o la diabetes hasta el cáncer. Más sorprendentes son las evidencias preliminares que sugieren la implicación del microbioma en el desarrollo de trastornos neurodegenerativos o enfermedades autoinmunes.

La búsqueda y caracterización de nuevos microorganismos en la naturaleza representa otro reto permanente. Según algunas fuentes, conocemos tan sólo un 10% de la microbiota global presente en la bioesfera. Además de la mera curiosidad científica, encontrar microbios desconocidos conlleva el aliciente de su potencial utilización como fuente de alimentos y fármacos, o su utilización eficaz en biorremediación e investigación. En este sentido, se debe resaltar el fascinante mundo de las arqueas que realizan metabolismos insólitos en hábitats extremos. Recordemos cómo la famosa PCR, esencial para el diagnóstico genético, utiliza polimerasas obtenidas de arqueas.

El control de las infecciones microbianas seguirá siendo una preocupación científica y un gravísimo problema sanitario, con múltiples frentes de actuación. Por un lado, el creciente aislamiento en hospitales de bacterias resistentes a los antibióticos de uso clínico (el caso reciente de Acinetobacter baumanii detectado en la Arrixaca). Por otro, la identificación de cepas microbianas, tradicionalmente inocuas, que han adquirido factores de virulencia y son responsables de cuadros nosocomiales. Sin olvidar la liberación al medio ambiente de patógenos causales de enfermedades consideradas casi erradicadas por la OMS (tuberculosis), que son refractarias a los tratamientos convencionales y conllevan un pronóstico fatal. Tampoco es descartable la aparición de brotes epidémicos con el riesgo de convertirse en pandemias a nivel mundial, dada la facilidad de comunicaciones y, por tanto, la rápida transmisión del agente etiológico (recordemos los brotes recientes de virus Ébola o Zika).

Sin embargo, no deberíamos confundir la preocupación responsable con el pánico. Disponemos de los conocimientos y las herramientas necesarias para responder con la necesaria eficacia frente a los potenciales desafíos de los patógenos microbianos. Si bien, hay en nuestro entorno algunos signos alarmantes, como la insuficiente dotación presupuestaria destinada a la investigación, incluyendo el cierre de centros y el despido de grupos punteros, mientras se mantienen costosas e inútiles infraestructuras políticas (caso de los parlamentos regionales o el Senado). Por no mencionar la importante ausencia de los microbiólogos, y los científicos en general, en los centros de decisión. Así, algunas actuaciones basadas en meros criterios de oportunidad política han sido nefastas. Al respecto, tengamos presente a Pasteur cuando afirmaba: “Señores, al final los microbios tendrán la última palabra”.

Juan Carlos Argüelles
Catedrático de Microbiología