El miedo a la sangre: aspectos fisiológicos y psicológicos

El miedo a la sangre, inyecciones y heridas, también llamado hematofobia o miedo a la sangre, se define como el intenso temor a ver sangre, sufrir una herida, recibir una inyección o una vacuna o cualquier acto médico cruento. Las crisis consisten en reacciones fisiológicas y psicológicas variadas y relacionadas entre sí. Sensaciones típicas son mareo, confusión y debilidad. Aumentan los ritmos cardíacos y respiratorio (hiperventilación), pudiendo llegar al desmayo o síncope vasovagal, desencadenado por un brusco descenso en la presión arterial. La pérdida del conocimiento suele ir precedida de síntomas variados, o presíncope: mareo, sudor frío, confusión, vértigo o náuseas, que pueden darse sin pérdida de conocimiento.

Uno de sus aspectos más llamativos es que las reacciones son diferentes a las que se dan en otros miedos. En general, los estímulos fóbicos suelen provocar una respuesta de defensa: una intensa activación del sistema nervioso vegetativo simpático, o descarga simpática con liberación de adrenalina y noradrenalina en la médula suprarrenal. Aumenta la conductancia cutánea y la presión arterial, se acelera el ritmo cardíaco, hay vasoconstricción periférica y vasodilatación en la musculatura estriada. Estas reacciones aparecen incluso cuando los estímulos relacionados con el miedo se presentan muy rápidamente, fuera de la conciencia.

La percepción subliminal de imágenes de su miedo provoca en fóbicos mayores respuestas de conductancia cutánea. En cambio, en el miedo a la sangre no se dan respuestas de huida y la reacción simpática está disminuida o se ve sobrepasada por el brusco descenso en la presión arterial, atribuido tradicionalmente a una intensa reacción parasimpática. Mientras que en otras fobias el organismo se fortalece y se prepara para la lucha o la huida, en la hematofobia, las reacciones vuelven a la persona más débil, e incluso inconsciente.

Hay tres factores que explicarían por qué esta fobia es diferente y, en particular, por qué se produce el desmayo. El primero es que este tipo de miedo es intenso y generalizado. Nuestros datos indican que los estímulos relacionados con la sangre son los que más activación psicológica y fisiológica provocan. Las imágenes afectivas negativas o desagradables generan menor desaceleración cardíaca inicial y una aceleración cardíaca posterior mucho más marcada ante las de daño corporal. Las medidas subjetivas refuerzan estos resultados: las imágenes de daño corporal se consideran las más desagradables, amenazantes y activadoras.

También hemos comprobado esta intensa reacción a través de la alfa-amilasa salival (ptialina). La producción de saliva está regulada principalmente por el sistema nervioso parasimpático. La liberación de alfa-amilasa responde a la actividad directa de neuronas simpáticas y parasimpáticas sobre determinadas células de las glándulas salivales. El control del flujo salival permite separar los efectos de la participación del sistema simpático en la liberación de la alfa-amilasa. En nuestra investigación las imágenes de mutilaciones provocaban el mayor aumento en la actividad de la alfa-amilasa salival.

El segundo factor es el que recoge la hipótesis tradicional o bifásica del desmayo, que lo atribuye a una mala regulación del sistema nervioso vegetativo. Se basa en que una elevada respuesta simpática inicial sería contrarrestada por una fuerte reacción parasimpática con una intensa activación del nervio vago que llevaría al síncope. Sin embargo, no hay evidencia firme de tal reacción bifásica. Además, la activación parasimpática aislada no es suficiente para explicar el síncope en la mayoría de los hematofóbicos, quienes tampoco muestran con carácter crónico niveles elevados de actividad parasimpática.

Estas reacciones podrían deberse más bien a una alteración en la reactividad simpática, que no sería suficiente para producir una respuesta de defensa completa y, en un momento determinado de la crisis, los componentes parasimpáticos, con bajada brusca de la presión arterial y desmayo, serían determinantes. Al mismo tiempo, la hiperventilación provocaría hipocapnia, descenso de los niveles de dióxido de carbono en la sangre y vasoconstricción cerebral, lo que contribuye a los síntomas del presíncope y al desmayo.

Hemos comprobado que las personas con fobia a la sangre, al encontrarse ante estímulos relacionados con su miedo, muestran una reacción cardiovascular atípica sin una clara respuesta de defensa. En esta línea, al presentar de forma subliminal estímulos relacionados con su fobia las personas con miedo a la sangre no muestran mayores respuestas de frecuencia cardíaca y conductancia cutánea ante las imágenes de mutilación, lo que no ocurre con otras fobias.

Esta forma de reaccionar indica una co-activación simpática y parasimpática que podría explicar los síntomas cardiovasculares observados en estos pacientes. Nuestros datos son compatibles con la existencia de un fallo en producir respuestas vegetativas de defensa ante estímulos relacionados con su miedo y confirman que no hay una respuesta más intensa ante estímulos relacionados con su fobia, como sucede en el resto de fobias.

El tercer factor se refiere a que en estos pacientes podría darse un problema en el control o regulación de sus emociones, que aumentaría en situaciones de gran malestar. En relación con esta hipótesis hemos empleado la técnica de potenciales evocados electroencefalográficos para estudiar la actividad cerebral anticipatoria y de respuesta a imágenes fóbicas a través de los componentes P200 y P300. El componente P200 va asociado a procesos de atención involuntaria y se activa ante estímulos llamativos. Este potencial es de menor amplitud en los fóbicos a la sangre en comparación con los fóbicos a las serpientes cuando a ambos se les presentan imágenes relacionadas con su fobia. La onda P300, relacionada con el esfuerzo mental y motivacional, más influida por procesos voluntarios, es similar en ambos tipos de fobia.

La capacidad de enfrentarse al objeto de la fobia estaría limitada en estas personas, que poseerían menos recursos cognitivos y se verían desbordados por el miedo intenso en comparación con otros tipos de fóbicos. El desmayo parece ser el resultado tanto de una respuesta fisiológica excesiva (la coactivación simpático-parasimpática), con incapacidad para reclutar una respuesta simpática de defensa, unida a un fallo en los mecanismos cerebrales implicados en la inhibición de las emociones. Todo ello puede explicar las peculiaridades del miedo a la sangre y sus diferencias con otras fobias.

José María Martínez Selva